Diario de un naturalista en el Estuario del Plata (II)

El famoso naturalista Charles Darwin recaló en nuestras costas en los años 1832  y 1833. Recolectamos aquí una serie de fragmentos del “Diario de un naturalista alrededor del mundo” donde Darwin relata sus experiencias por nuestras tierras y su contacto con el gaucho, los indigenas y los recién llegados desde Europa. Una singular visión de la colonia desde los ojos de un burgués inglés.

2era. Parte / CAPITULO VIII (fragmento)

SUMARIO: Excursión a Colonia del Sacramento.- Valor de una estancia.-Rebaños, cómo se cuentan por cabezas.- Extraña raza de bueyes.- Guijarros perforados.- Perros de pastor.- Doma de caballos.- Carácter de los habitantes.- Río de la Plata.- Bandadas de mariposas.- Arañas aeronautas.- Fosforescencia del mar.- Puerto Deseado.- Guanaco.- Puerto San Julián.- Geología de la Patagonia.- Animal fósil gigantesco.- Tipos constantes de organización.- Modificaciones en la zoología de América. Causas de extinción.

La banda oriental y la Patagonia. (fragmento Río de la Plata)
Al cabo de quince días de verdadera detención en Buenos Aires, consigo por fin embarcarme a bordo de un navío que se dirige a Montevideo. Una ciudad sitiada es una residencia desagradable siempre para un naturalista, pero en el caso actual eran de temer además las violencias de los bandoleros que en ella habitaban. Había que temer sobre todo a los centinelas, pues las funciones oficiales que desempeñaban, las armas que llevaban de continuo, dábanles para robar un grado de autoridad que ningún otro podía limitar.

Puerto y Cerro de Montevideo

Nuestro viaje es largo y desagradable. En el mapa, la desembocadura de la Plata parece bellísima; pero la realidad dista mucho de corresponder a las ilusiones que se han forjado. No hay grandiosidad ni hermosura en esta inmensa extensión de agua fangosa. En ciertos momentos del día, desde el puente del buque donde estaba, apenas me era posible distinguir ambas orillas, que son en extremo bajas. Al llegar a Montevideo recibo noticias de que el Beagle no se dará a la vela sino dentro de algunos días. Por tanto, inmediatamente me dispongo a hacer un viajecillo a la banda oriental.
Puede aplicarse a Montevideo todo lo que he dicho respecto a la región que rodea a Maldonado; sin embargo, el suelo es mucho más llano, con excepción del monte Verde, que tiene 450 pies de altura (135 metros) y da nombre a la ciudad. Alrededor ondula la llanura herbosa; notánse allí muy pocos cercados, excepto en las cercanías de la ciudad, donde hay algunos campos rodeados de setos cubiertos de agaves, cactus e hinojo.

14 de noviembre.– Salimos de Montevideo por la tarde. Me propongo ir a Colonia del Sacramento, en la margen septentrional de la Plata, frente a Buenos Aires; subir por el Uruguay hasta Mercedes, en la orilla del río Negro (uno de los numerosos ríos que llevan este nombre en la América meridional) y volver luego directamente a Montevideo. Dormimos en casa de mi guía, en Canelones. Nos levantamos temprano con la esperanza de hacer una larga etapa, esperanza frustrada puesto que todos los ríos están desbordados. Atravesamos en barca los riachuelos de Canelones, Santa Lucía y San José, y perdemos así mucho tiempo. En otra excursión había cruzado ya el Santa Lucía por cerca de su desembocadura y me chocó muchísimo ver con qué facilidad nuestros caballos, aun sin estar habituados a nadar, habían recorrido esta distancia, por lo menos de 600 metros.

Un día que en Montevideo manifesté mi asombro acerca de este particular, me refirieron que algunos titiriteros acompañados de sus caballos naufragaron en la Plata; uno de esos caballos nadó por espacio de siete millas para llegar a tierra. En aquel día un gaucho me dio un regocijado espectáculo por la destreza con que obligó a un caballo repropiado a atravesar un río a nado. El gaucho se desnudó por completo, montó a caballo y obligó a éste a entrar en el agua hasta perder pie; dejóse escurrir entonces por la grupa y le agarró la cola; cada vez que el animal volvía la cabeza, el gaucho le arrojaba agua para asustarle. En cuanto el caballo llegó a la margen opuesta, irguiose de nuevo en la silla el gaucho e iba montado con firmeza, bridas en mano, antes de haber salido por completo del río. Bello espectáculo es ver a un hombre desnudo jinete sobre un caballo en pelo: nunca hubiera creído que ambos animales fuesen tan bien juntos. La cola del caballo constituye un apéndice muy útil: he atravesado un río en barca acompañado por cuatro personas, arrastrada de la misma manera que el gaucho de que acabo de hablar. Cuando un hombre a caballo tiene que cruzar un río ancho, el mejor medio consiste en agarrar la pera de la silla o la crin del caballo con una mano y nadar con la otra.

Los dos caminos (Juan Manuel Blanes)

El siguiente día lo pasamos en la casa de postas de Cufre. El cartero llega por la noche con un día de retraso, a causa del desbordamiento del río Rosario. Ese retraso por descontado carecía de consecuencias; pues aunque había atravesado la mayor parte de las ciudades principales de la banda oriental, sólo traía dos cartas. Desde la casa donde habito hay unas vistas preciosas; una vasta superficie verde ondulada, y acá y allá el río
de la Plata. Por supuesto ya no veo el país de la misma manera que a mi llegada.
Recuerdo cuán llano me parecía entonces; pero hoy, después de haber galopado a través de las Pampas, me pregunto con sorpresa qué pudo inducirme a llamarlo llano. El territorio presenta una serie de ondulaciones, quizá sin importancia ninguna en sí, pero que no por eso dejan de ser verdaderas montañas si se comparan a las llanuras de Santa Fe. Estas desigualdades del terreno determinan la formación de arroyuelos que sostienen la abundancia y el admirable verdor del césped.

17 de noviembre.- Después de atravesar el profundo y rápido Rosario y el pueblecillo de Colla, llegamos al medio día a la Colonia del Sacramento. En resumen: he recorrido 20 leguas á través de un país cubierto de árboles magníficos, pero con muy pocos habitantes ni ganado. Me invitan a pasar la noche en Colonia e ir a visitar al día siguiente una estancia donde hay algunas rocas calizas. La ciudad está edificada como Montevideo, encima de un promontorio pedregoso; es plaza fuerte, pero la ciudad y las fortificaciones han sufrido mucho durante la guerra con el Brasil. Esta ciudad es muy antigua; y la irregularidad de las calles, así como los bosquecillos de naranjos y de albérchigos que la rodean le dan un aspecto muy bonito. La iglesia es una ruina muy curiosa; transformada en polvorín, cayó sobre ella un rayo durante una de las tempestades tan frecuentes en el río de la Plata.

Faro de Colonia del Sacramento

La explosión destruyó dos tercios del edificio; la otra parte que sigue en pie es un curioso ejemplo de lo que puede la fuerza reunida de la pólvora y la electricidad Por la noche me paseo por las medio ruinosas murallas de esta ciudad, que representó un papel tan grande en la guerra con Brasil. Esa guerra tuvo deplorables consecuencias para este país, no tanto en sus efectos inmediatos como por haber sido origen de la creación de una multitud de generales y otros oficiales de todas graduaciones. Hay más generales (aunque sin sueldo) en las provincias unidas de la Plata que en el reino unido de la Gran Bretaña. Estos señores han aprendido a amar el poder y no tienen ninguna repulsión por batirse un poco. Por eso hay siempre muchos aficionados a promover trastornos y a derribar un gobierno que hasta ahora no se funda en bases muy sólidas. Sin embargo, aquí y en otras localidades he notado que empieza a tomarse con vivo interés la próxima elección presidencial; eso es buen síntoma para la prosperidad de este pequeño país. Los electores no exigen a sus representantes una educación esmerada. He oído decir a algunas personas discutir las cualidades de los diputados por Colonia, y decían que, «aunque no son comerciantes, todos ellos saben firmar». Creían que no es preciso pedirles más.

18 de noviembre.– Acompaño a mi hospedero a su estancia, sita en el arroyo de San Juan. Por la tarde damos a caballo una vuelta alrededor de su propiedad: comprende 2 1/2 leguas cuadradas y está en lo que se llama un rincón, es decir, que el río de la Plata costea uno de los lados y los otros dos están defendidos por torrentes infranqueables. Hay allí un excelente puesto para embarcaciones pequeñas y una gran abundancia de monte bajo, lo cual constituye un valor de mucha cuantía, pues esa leña se emplea para la calefacción en Buenos’ Aires. Tenía yo curiosidad por saber cuál podría ser el valor de una estancia tan completa. Hay en ella 3.000 cabezas de ganado vacuno y podría alimentar tres o cuatro veces más, 700 yeguas, 150 caballos domados y 600 carneros; además hay agua y piedra caliza en gran cantidad, excelentes corrales, una casa y un vivero de albérchigos. Por todo esto han ofrecido 10.000 pesos al propietario; pide 2.500 pesos más y probablemente lo daría por menos. El principal trabajo que necesita una estancia es recoger dos veces por semana el ganado en un sitio céntrico, para amansarlo y poco y para contarlo. Pudiera creerse que esta operación presentará grandes dificultades cuando se reúnan 12.000 a 15.000 cabezas en un lugar.

Sin embargo, eso se consigue con bastante facilidad basándose en el principio de que los animales se clasifican por sí mismos juntándose en grupos de cuarenta a cien individuos. Cada grupo se conoce por algunos individuos de señas particulares; conocido también el número de cabezas de que consta cada grupo, bien pronto se nota si un solo buey falta al llamamiento entre 10.000. Durante una noche de tempestad, todos los animales se confunden, pero a la mañana siguiente todos se separan como antes; por tanto, cada animal debe de conocer a sus compañeros en medio de otros diez mil.

Emeric Essex Vidal . Trabajo con ganado (Acuarela,1817)

19 de noviembre.– Después de atravesar el valle de Las Vacas, pasamos la noche en casa de un norteamericano que explota un horno de cal en el arroyo de Las Víboras. Por la mañana temprano nos dirigimos a un sitio llamado Punta Gorda, que forma un promontorio a orilla del río. En el camino nos proponemos encontrar un jaguar. Las huellas recientes de esos animales abundan por todas partes; visitamos los árboles donde se dice que afilan las uñas, pero no conseguimos dar la vuelta ni a uno solo. El río Uruguay, visto desde ese punto, presenta una magnífica masa de agua. Lo claro y lo rápido de la corriente hacen que el aspecto de este río sea muy superior al de su vecino, Paraná. En la margen opuesta, varios brazos de este último río desaguan en el Uruguay. Brillaba el sol y podía distinguirse con claridad el diferente color de las aguas de ambos ríos.

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Por la tarde volvemos a ponernos en marcha para ir a Mercedes, en las orillas del río Negro. Pedimos hospitalidad para pasar la noche en una estancia que hallamos en el camino. Esta propiedad es grandísima: tiene diez leguas cuadradas y pertenece a uno de los mayores terratenientes del país. Su sobrino dirige la estancia, y con él está uno de los capitanes del ejército que acaba de escaparse últimamente de Buenos Aires.
La conversación de estos señores no deja de ser bastante divertida, dada su posición social. Como casi todos sus compatriotas, por supuesto, dan gritos de asombro cuando les digo que la tierra es redonda, y no quieren creerme cuando añado que un pozo que se prolongase hasta la suficiente profundidad iría a abrirse al opuesto lado del globo.
Sin embargo, ¡han oído hablar de un país donde el día y la noche duran cada uno seis meses seguidos, país poblado de habitantes altos y flacos! Me hacen muchas preguntas acerca de ganadería y precio de los ganados en Inglaterra. Cuando le digo que nosotros no cogemos con lazo a nuestros animales, exclaman: «¡Cómo! Entonces, ¿no emplean ustedes más que las bolas?» No tenían ni la menor idea de que pudiese cercarse un terreno. El capitán me dice que tiene que hacerme una pregunta, pero importantísima, a la cual me apremia para que responda con toda la verdad. Casi temblé ante la idea de la profundidad científica que iba a tener esa pregunta. Hela aquí: – «Las mujeres de Buenos Aires ¿no son las más hermosas del mundo?» Le contesté como un verdadero renegado: – «Ciertamente que sí». Añadió él: – «Otra pregunta tengo que hacerle a usted: ¿hay en alguna otra parte del mundo mujeres que gasten unas peinetas como las que éstas llevan?» Le afirmé solemnemente que nunca había encontrado otras mayores.
Estaban encantados. El capitán exclamó: «Un hombre que ha visto medio mundo nos afirma que es así; nosotros lo habíamos creído siempre, pero ahora estamos seguros de ello». Mi excelente gusto en materia de peinetas y de hermosuras me valió un recibimiento entusiasta; el capitán me obligó a aceptar su lecho, y él se fue a dormir a su recado.

21 de noviembre.– Partimos al salir el sol y viajamos despacio durante todo el día. La naturaleza geológica de esta parte de la provincia difiere de la del resto y se asemeja mucho a la de las Pampas. hay campos inmensos de cardos cultivados y silvestres; hasta puede decirse que la región entera no es sino una gran llanura cubierta de estas plantas, las cuales no se mezclan jamás. El cardo cultivable tiene poco más o menos la altura de un caballo, pero el cardo silvestre de las Pampas excede a menudo en altura de la cabeza de un jinete.

Abandonar la senda un instante sería locura, pues a menudo el mismo camino está invadido. Por supuesto, allí no hay ningún pasto, y si bueyes o caballos entran en un campo de cardos es imposible volver a encontrarlos. Por eso es muy aventurado hacer viajar bestias en esa estación; pues cuando están lo suficientemente rendidas de fatiga para no querer ya seguir más lejos, se escapan a los campos de cardos y no se las vuelve a ver más. Hay muy pocas estancias en esas regiones; y las pocas que allí se encuentran están situadas cerca de valles húmedos, donde afortunadamente no puede crecer ninguna de esas terribles plantas. La noche nos sorprende antes de llegar al término de nuestro viaje, y pasamos la noche en una chocita miserable habitada por gente pobre; la extrema cortesía de nuestro hospedero y de nuestra hospedera forma encantador contraste con todo lo que nos rodea.

22 de noviembre.- Llegamos a una estancia situada a orillas del Berquelo. Esta propiedad pertenece a un inglés muy hospitalario, para quien mi amigo M. Lucas me dio una carta de presentación. Permanezco allí tres días. Mi compatriota me conduce a la sierra de Pedro Flaco, sita a 20 millas más arriba, en las márgenes del río Negro. Una hierba excelente, aunque un poco fuerte y que llega hasta el vientre de los caballos, cubre el país casi entero.

Sin embargo, hay espacios de muchas leguas cuadradas donde no se encuentra ni una sola cabeza de ganado la banda oriental podría alimentar un increíble número de animales. En la actualidad se exportan anualmente de Montevideo 300.000 pieles; el consumo interior es muy cuantioso, a causa del despilfarro que reina en todas partes. Un estanciero me dice que a menudo tiene que enviar grandes rebaños a muchísima distancia; los bueyes frecuentemente caen al suelo rendidos de fatiga; entonces es preciso matarlos para quitarles la piel. Pues bien; nunca se ha podido convencer a los gauchos para que tomasen un trozo de esos animales para sus comidas, y todas las noches matan un buey para su cena. Visto desde la sierra, el río Negro presenta el panorama más pintoresco que he observado hasta ahora en esas comarcas.

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Este río, ancho, profundo y rápido en tales lugares, rodea la base de un cantil cortado a pico; un cinturón de bosques ciñe cada una de sus orillas y cierran el horizonte las lejanas ondulaciones de la llanura cubierta de césped.

Durante mi permanencia en este sitio he oído hablar a menudo de la sierra de las Cuentas, colina situada varias millas al Norte. Me han asegurado que, en efecto, se encuentran allí a montones piedrecitas redondas de diferentes colores, atravesadas todas ellas por un agujerito cilíndrico. Los indios tenían en otro tiempo la costumbre de recogerlas para hacer collares y brazaletes; afición habida en común, conviene decirlo de paso, por las naciones salvajes lo mismo que por los pueblos más civilizados. No sabía yo qué crédito conceder a esa historia; pero, así que se la hube referido en el Cabo de Buena Esperanza al doctor Andrew Smith, me dijo que recordaba haber encontrado en la costa oriental del África meridional, a más de cien millas al Este del río San Juan, cristales de cuarzo cuyos ángulos se habían desgastado con el roce y que estaban mezclados con guijarros en la orilla del mar.

Cada cristal tenía más de cinco líneas de diámetro y una longitud de 1 a 1 1/2 pulgadas. La mayoría de ellos estaban atravesados de un extremo a otro por un agujerito perfectamente cilíndrico y de anchura bastante para permitir pasar un hilo grueso o una cuerda de tripa muy fina. Estos cristales son rojos o de un color blanco agrisado, y los indígenas los buscan para hacer collares. He referido estos hechos, aunque hoy no se conoce ningún cuerpo cristalizado que presente esa forma, porque podrán dar la idea a algún futuro viajero de inquirir cuál es la verdadera naturaleza de estas piedras.

Durante mi residencia en esa estancia estudié con cuidado los perros de pastor del país, y este estudio me interesó mucho3. Encuéntrase a menudo, a la distancia de una o dos millas de todo hombre o de toda casa, un gran rebaño de carneros guardado por uno o dos perros. ¿Cómo puede establecerse una amistad más firme? Esto era motivo de asombro para mí. El modo de educarlos consiste en separar al cachorro de su madre y acostumbrarle a la sociedad de sus futuros compañeros. Se le lleva una oveja para hacerle mamar tres o cuatro veces diarias; se le hace acostarse en una cama guarnecida de pieles de carnero; se le separa en absoluto de los demás perros. Aparte de eso, se le suele castrar cuando aún es joven; de suerte que cuando se hace grande, ya no puede tener gustos comunes con los de su especie.

La majada

Por lo tanto, no le queda deseo ninguno de abandonar el rebaño; y así como el perro ordinario se apresura a defender a su amo, el hombre, de la misma manera éste defiende a los carneros. Es muy divertido, al acercarse a éstos, observar con qué furor se pone a ladrar el perro y cómo van a ponerse los carneros detrás de él, cual si fuese el macho más viejo del rebaño. También se enseña con mucha facilidad a un perro a traer el rebaño al aprisco a una hora determinada de la noche. Estos perros no tienen más que un defecto durante su juventud, y es el de jugar demasiado frecuentemente con los carneros, pues en sus juegos hacen galopar de una forma terrible a sus pobres súbditos.

El perro de pastor acude todos los días a la granja en busca de carne para su comida; en cuanto le dan su ración huye, como si tuviese vergüenza del paso que acaba de dar. Los perros de la casa se le muestran muy hostiles, y el más pequeño de ellos no vacila en atacarle y perseguirle. Pero, en cuanto el perro de pastor se encuentra ya junto a su rebaño, vuélvese y comienza a ladrar; entonces, todos los perros que antes le perseguían huyen a todo correr. Asimismo, una banda entera de perros salvajes hambrientos rara vez, y hasta se me ha dicho que nunca, se atreven a atacar a un rebaño guardado por uno de esos fieles pastores. Todo esto me parece un curioso ejemplo de la flexibilidad de los afectos en el perro. Ya sea salvaje, ya educado de cualquier modo que lo estuviere, conserva un sentimiento de respeto o de temor hacia quienes obedecen a su instinto de asociación.

En efecto, no podemos comprender por qué los perros salvajes retroceden ante un solo perro acompañado de su rebaño, sino admitiendo en ellos una especie de idea confusa de que quien va con tanta compañía adquiere poderío, como si le acompañasen otros individuos de su especie.

Cuvier ha hecho observar que todos los animales fáciles de domesticar consideran al hombre como uno de los miembros de su propia sociedad, y que obedecen así a su instinto de asociación.
En el caso antedicho, el perro de pastor considera a los carneros como hermanos suyos y adquiere de ese modo confianza en sí mismo; los perros salvajes, aun sabiendo que cada carnero individualmente no es un perro, sino un animal bueno de comer, adoptan, sin duda, también en parte ese mismo criterio cuando se hallan en presencia de un perro de pastor a la cabeza de un rebaño.

Una tarde vi llegar a un domador (de caballos), que venía con objeto de domar algunos potros. Voy a describir en pocas palabras las operaciones preparatorias, pues creo que hasta ahora no las ha descrito ningún viajero. Se hace entrar en un corral un grupo de potros cerriles y luego se cierra la puerta. Casi siempre; un solo hombre se encarga de montar un caballo que nunca tuvo silla ni rienda; creo que sólo un gaucho puede conseguir ese resultado. El gaucho elige un potro de buena estampa; y en el momento en que el caballo galopa alrededor del circo, le echa su lazo de modo que rodee las dos patas delanteras del animal.

El caballo cae inmediatamente; y mientras se revuelca por el suelo, el gaucho gira en torno a él con el lazo tirante, de modo que rodee una de las patas traseras del animal y la acerque lo más posible a las delanteras; luego ata las tres juntas con el lazo. Siéntase entonces en el cuello del caballo y le ata la quijada inferior con un ronzal fuerte, pero sin ponerle bocado; esa brida la sujeta pasando por los ojetes en que termina una tira de cuero muy fuerte, que arrolla varias veces alrededor de la mandíbula y de la lengua. Hecho esto, ata las dos extremidades torácicas del caballo con una fuerte tira de cuero con un nudo corredizo; entonces quita el lazo que retenía las tres patas del potro, y este último se levanta con dificultad.

La doma (Juan Manuel Blanes)

El gaucho agarra la rienda fija en la mandíbula inferior del caballo y le saca fuera del corral. Si hay otro hombre allí (pues de lo contrario es mucho más difícil la operación), éste sujeta la cabeza del animal mientras el primero le pone manta, silla y cincha.
Durante esta operación el caballo, con el asombro y el susto de sentirse ceñido así alrededor del cuerpo, se revuelca muchas veces encima del suelo y no se le puede levantar sino a palos. Por último, cuando se ha concluido de ensillarlo, el pobre animal, blanco de espuma, apenas puede respirar: tan espantado está. Prepárase entonces el gaucho a montar, apoyándose con fuerza en el estribo de modo que el caballo no pierda el equilibrio; puesto ya a horcajadas, tira del nudo corredizo y queda libre el caballo.

Algunos domadores sueltan el nudo corredizo mientras el potro aún está tendido en el suelo; y montando en la silla, le dejan levantarse. El animal, loco de terror, da terribles botes y luego sale a galope; cuando queda rendido en absoluto, a fuerza de paciencia le lleva el hombre al corral, donde lo deja en libertad, cubierto de espuma, y sin poder apenas respirar. Cuesta mucho más trabajo desbravar a los caballos que, no queriendo salir a galope, se revuelcan tercamente en el suelo. Este procedimiento de doma es horrible, pero el caballo no hace ya resistencia alguna después de dos o tres pruebas.

Sin embargo, se requieren varias semanas antes de poder ponerle el bocado de hierro, pues es preciso que aprenda a comprender que el impulso dado a la rienda representa la voluntad de su dueño; hasta entonces de nada serviría el bocado más potente.
Hay tantos caballos en este país, que la humanidad y el interés no tienen nada en común; y por esa razón, según creo, es por lo que tiene muy poco imperio la humanidad. Un día en que iba yo recorriendo las Pampas a caballo, acompañado por el muy respetable estanciero que me hospedaba, mi rendida cabalgadura se quedaba atrás. Este hombre me gritaba a menudo que la espolease. Le respondí que eso sería una vergüenza, puesto que el caballo estaba completamente agotado de fuerzas. «¡Qué importa!, gritaba. ¡Espoleelo de firme, que el caballo es mío!» Me costó entonces alguna dificultad hacerle comprender que si no empleaba las espuelas era a causa del caballo y no a causa de él. Pareció asombrarse mucho, y exclamó: «Ah! ¡Don Carlos, qué cosa!» Ciertamente, nunca se le había ocurrido una idea semejante.

Sabido es que los gauchos son excelentes jinetes. No comprenden que se pueda ser derribado por un caballo, cualesquiera que sean los extraños de éste. Para ello es buen jinete quien puede dirigir un potro indómito; quien, si llega a caerse su caballo, puede él quedar de pie o ejecutar otros lances análogos. He oído a un hombre apostar que tiraría veinte veces seguidas a su caballo y que él no se caería ni una sola de las veinte.

Recuerdo a un gaucho que montaba un caballo muy rebelde: tres veces seguidas se encabritó éste tan por completo, que se cayó de espalda con gran violencia; el jinete, conservando toda su sangre fría; juzgó cada vez el momento en que era preciso tirarse al suelo; apenas el caballo volvía a estar de nuevo en pie, ya estaba otra vez el hombre saltando a lomos de él; y, por fin, partieron al galope. El gaucho nunca parece emplear la fuerza. Un día en que galopaba yo junto a uno de ellos, excelente jinete, decía para mis adentros que prestaba éste tan poca atención a su caballo que, como llegase a dar un bote, le desarzonaría de seguro. Apenas. hube hecho esta reflexión, cuando un avestruz saltó fuera de su nido a los pies mismos del caballo; el potro dio un bote de lado; pero todo lo que puedo decir del jinete es que participando del miedo de su caballo se hizo a un lado como él, pero sin abandonar la silla.


26 de noviembre.– Salgo para volver en línea recta a Montevideo. Habiendo sabido que hay algunos esqueletos gigantescos en una granja próxima, a orillas del Sarandis, riachuelo que desagua en el río Negro, me dirijo allí acompañado por quien me hospeda y compro por 18 peniques una cabeza de Toxodon. Esta cabeza estaba en perfecto estado cuando se descubrió, pero unos chicuelos le rompieron parte de los dientes a pedradas; habían tomado por blanco esa cabeza.

Tuve la suerte de encontrar a unas 180 millas de aquel paraje, en las márgenes del río Tercero, un diente perfecto que llenaba con exactitud uno de los alvéolos. También hallé en otros dos lugares restos de ese animal extraordinario, y de ello induje que debía ser muy común en otro tiempo. También encontré en el mismo sitio algunas partes considerables del caparazón de un animal gigantesco, parecido a un armadillo, y parte de la cabezota de un Mylodon.

Los huesos de esta cabeza son tan recientes, que, según el análisis hecho por M.T. Reecks, contienen 7 por 100 de materias animales; puestos a una lámpara de espíritu de vino, estos huesos arden con pequeña llama. Debe de ser extraordinariamente considerable el número de los restos sepultados en el gran sedimento que forman las Pampas y que cubre las rocas graníticas de la banda oriental. Creo que una línea recta trazada en todas direcciones a través de las Pampas cortaría a algún esqueleto o algún montón de huesos.

Aparte de las osamentas que he hallado durante mis breves excursiones, he oído hablar de otras muchas y fácilmente se comprende de dónde provienen los nombres de Río del animal, Colina del gigante, etc.

En otros sitios he oído hablar de la propiedad maravillosa que tienen ciertos ríos de convertir las osamentas pequeñas en grandes; según otras versiones, las mismas osamentas crecen Por lo que he podido estudiar acerca de este asunto, ninguno de esos animales murió, como se creía antiguamente, en los pantanos o en los ríos fangosos del país tal como hoy está; por el contrario, estoy convencido de que esos esqueletos han quedado  escubiertos por las corrientes de agua que cortan los sedimentos subacuosos donde habían quedado sepultos antes. En todo caso, hay una conclusión a la cual se llega forzosamente: que la superficie entera de las Pampas constituye una inmensa sepultura para aquellos gigantescos cuadrúpedos extintos.

El día 28, después de dos y medio de viaje, llegamos a Montevideo. Toda la comarca que hemos atravesado conserva el mismo carácter uniforme; sin embargo, en algunos sitios es más montuosa y más pedregosa que cerca de la Plata. A poca distancia de Montevideo cruzamos la aldea de Las Piedras, que debe su nombre a algunas grandes masas redondeadas de sienita. Este pueblecillo es bastante bonito. Por supuesto, en este país puede llamarse pintoresco el menor sitio elevado unos cuantos centenares de pies sobre el nivel general, si hay en él algunas casas rodeadas de higueras.

Durante los seis meses últimos he tenido ocasión de estudiar el carácter de los habitantes de estas provincias. Los gauchos o campesinos son muy superiores a los habitantes de la ciudad. Invariablemente, el gaucho es muy servicial, muy cortés, muy hospitalario; nunca he visto un ejemplo de grosería o de inhospitalidad Lleno de modestia cuando habla de sí mismo o de su país, al mismo tiempo es atrevido y valiente. Por otra parte, siempre se oye hablar de robos y homicidios; la costumbre de llevar cuchillo es la principal causa de estos últimos. Es deplorable pensar en el número de muertes causadas por insignificantes disputas.

Cada uno de los combatientes trata de tocar a su adversario en la cara, de cortarle la nariz o de arrancarle los ojos; prueba de ello, las horribles cicatrices que casi todos llevan. Los robos provienen naturalmente de las arraigadas costumbres de jugar y beber de los gauchos y de su indolencia suma. Una vez pregunté en Mercedes a dos hombres, con quienes me encontré, por qué no trabajaban. «Los días son demasiado largos», me respondió el uno; «soy demasiado pobre», me contestó el otro. Hay siempre un número de caballos tan grande y tal profusión de alimentos, que no se siente la necesidad de industria.

Además, es incalculable el número de los días feriados; por último, una empresa no tiene algunas probabilidades de buen éxito sino comenzándola en luna creciente; de suerte que estas dos causas hacen perder la mitad del mes. Nada hay menos eficaz que la policía y la justicia. Si un hombre pobre comete un homicidio, se le encarcela y hasta quizá se le fusila; pero si es rico y tiene amigos, puede contar con que el asunto no tendrá ninguna mala consecuencia para él.

Es de advertir que la mayoría de los habitantes respetables del país ayudan invariablemente a los homicidas a escaparse; parecen pensar que el asesino ha cometido un delito contra el gobierno y no un crimen contra la sociedad. Un viajero no tiene otra protección sino sus armas de fuego, y el hábito constante de llevarlas es lo único que impide mayor frecuencia en los robos.
Las clases más elevadas e instruidas que viven en las ciudades tienen las  cualidades del gaucho, aunque en menor grado; pero también muchos vicios que éste no tiene y los cuales temo que anulen esas buenas cualidades.

En las clases elevadas se advierten la sensualidad, la irreligiosidad, la Corrupción más cínica, llevadas al grado más alto. A casi todos los funcionarios puede comprárseles: el director general de Correos vende sellos falsos; el gobernador y el primer ministro se entienden para robar al Estado. No debe contarse con la justicia mediando el oro. He conocido a un inglés que fue a ver al ministro de Justicia en las condiciones siguientes (y añadía que estando muy poco al corriente de las costumbres del país, temblaba todo su cuerpo al entrar en casa del alto personaje): «Señor, le dijo, vengo a ofrecer a usted 200 pesos en papel (unas 125 pesetas en metálico), si hace usted que dentro de cierto término detengan a un hombre que me ha robado. Sé que el paso que doy en este momento es contrario a la ley, pero mi abogado (y citó el nombre de éste último) me aconsejó que lo dijese».

Sonriose el ministro de justicia, cogió el dinero, dio las gracias y antes de acabarse el día ya estaba detenido el hombre en cuestión. ¡Y el pueblo espera aún llegar al establecimiento de una república democrática, a pesar de esa ausencia de todo principio en la mayor parte de los hombres públicos y mientras el país rebosa en oficiales turbulentos mal pagados!

Dos o tres rasgos característicos chocan ante todo cuando se penetra por vez primera en la sociedad de estos países: los modales dignos y corteses que se notan en todas las clases, el exquisito gusto de las mujeres en vestir, y la perfecta igualdad que reina en todas partes. Los más ínfimos mercachifles tenían la costumbre de comer con el general Rosas cuando estaba en su campamento a orillas del río Colorado. El hijo de un mayor, en Bahía Blanca, se ganaba la vida haciendo pitillos; y me hubiera acompañado como guía o sirviente, cuando salí de Buenos Aires, si su padre no hubiese temido por él los peligros del camino.

Gran número de oficiales del ejército no saben leer ni escribir, lo cual no les impide estar en sociedad bajo el pie de la igualdad más perfecta. En la provincia de Entre Ríos, la Sala no comprendía más que seis representantes; uno de ellos tenía una tienducha, lo cual no era para él motivo de ninguna desconsideración. Bien sé que son de esperar estos espectáculos en un país nuevo; pero no es menos cierto que a un inglés le parece muy extraña la ausencia absoluta de gentes que sean caballeros de profesión, si puedo expresarme así.

Por supuesto, al hablar de estos países, debe recordarse siempre cómo los trató  España, su desnaturalizada madre patria. En último término, tal vez merezcan más alabanzas por lo que han hecho, que vituperios por no haber progresado más deprisa.
Sin disputa, el extremado liberalismo que reina en estos países acabará por producir excelentes resultados. Quienes visitan las antiguas provincias españolas de la América del Sur tienen que recordar con gusto la excesiva tolerancia religiosa que allí reina, la libertad de la prensa, el afán por difundir la instrucción, las facilidades que se dan a todos los extranjeros y sobre todo lo serviciales que son siempre allí con quienes se dedican a la ciencia.

Diario de un naturalista en el estuario del plata (I)

Descargar: Diario viaje de un naturalista, Charles Darwin

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